El amor entre el varón y la mujer es un tipo peculiar de amistad. Un error muy difundido consiste en olvidar que amor, amistad y justicia están emparentados. Para que a largo plazo funcione tanto un matrimonio como una amistad, hace falta la reciprocidad: el quid pro quo.
Cuando la amistad no se constituye sobre la base de la reciprocidad se convierte en otro tipo de amor, amor de benevolencia, amor desinteresado, como el de las madres hacia los hijos, pero no un amor de amistad.
Cuando nos entregamos a alguien a través de la amistad, esperamos correspondencia. La justicia se cuela en el amor bajo la exigencia de reciprocidad.
Para que esta relación funcione y no se convierta en unilateral, mi amigo ha de estar en condiciones de corresponderle. Su personalidad también debe contar con cualidades que lo hagan atractivo para su novia: trabajador, puntual, fiel, ocurrente.
La relación se quebrará en el momento que ella descubra que es un poco haragán, infiel y, para colmo, aburrido. Es decir, en el momento en que la reciprocidad se quiebre.
Nadie puede obligarnos a ser amigos del otro. Se nos puede exigir compadecernos, incluso hacer algún sacrificio por los demás -el cristianismo va más allá y exige querer al otro como a uno mismo-, pero caridad no equivale a amistad, pues la caridad es un amor gratuito, mientras que la amistad es uno correspondido. El amor de benevolencia es la donación, la entrega al otro sin la esperanza de reciprocidad. Sin duda, una de las expresiones más grandes del corazón humano. No obstante, las relaciones humanas no se pueden construir exclusivamente sobre este tipo de amor. Los seres humanos necesitamos que nos correspondan.
La adolescencia suele ser el momento en el que los seres humanos descubren la hondura de la amistad y el amor de pareja. Es la época del penoso aprendizaje, donde los desengaños forman parte de esa dolorosa didáctica del amor.
Un riesgo de la adolescencia es que el amor de pareja desplace al amor de amistad, como aquellos que viven tan comprometidos con su pareja que descuidan las relaciones de amistad. Es decir, los pivotes fisiológicos garantizan que los mecanismos del amor de pareja se pongan en marcha. En cambio, el arte de hacer amigos exige un esfuerzo más profundo.
jueves, 15 de noviembre de 2007
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